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Agosto 2010

 

 

La niña que derritió a De Gaulle

 

 

Este reportaje fue escrito por Rubén Amón y publicado en el periódico El Mundo (Año XXI, Número 776, página 13 de Crónica, 20 de junio de 2010)

 

 

El cementerio de Colombey-les-deux-Eglises se ha resentido este fin de semana de un ajetreo mayúsculo y devocionario. Allí reposan los restos de Charles de Gaulle (1890-1970). También descansan los de su hija Anne (1928-1948), aunque muchos curiosos, compatriotas y héroes de guerra ignoran hasta qué extremo fue importante la existencia de la muchacha. Tenía síndrome de Down y se había convertido en la referencia afectiva del general. Existía entre ellos una relación profunda que se malogró cuando Anne cumplió 20 años. La enterraron en Colombey-les-deux-Eglises y su padre se reunió con ella 22 años más tarde bajo la misma lápida.

 

Las biografías y las hagiografías del presidente francés no reparan demasiado en la relación de Charles de Gaulle y Anne. Tuvo otros hijos, Philippe y Elisabeth, que aún viven, aunque buena parte del misterio familiar se explica porque el general parecía hermético, inabordable, inaccesible en los particulares sentimentales, domésticos e íntimos.

 

Es la razón por la que el historiador británico Jonathan Fenby se ha propuesto ahora auscultar y escrutar el corazón de Charles de Gaulle. Aprovechando una efeméride que británicos y franceses celebraron anteayer en Londres para congratularse con la Historia.

 

Era el 17 de junio de 1940 cuando el mariscal Pétain capitulaba ante los nazis. Y fue el 18 de junio cuando de Gaulle se valió de los micrófonos de la BBC y del entusiasmo de Wmston Churchill para incitar a la resistencia y prometer una revancha. Aquella memorable alocución radiofónica se conoce como l'appel, el llamamiento. Se emitió una vez en directo, a las diez de la noche, y otra más en diferido, a las cuatro de la tarde del 19 de junio.

 

Hablaba de Gaulle con firmeza y autoridad. Remarcaba dramatúrgicamente el pasaje esencial de su arenga:

 

“Esta guerra no se limita al triste territorio de nuestro país. Esta guerra no se decidió en la Batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todos los errores, todos los retrasos, todos los sufrimientos no impiden que haya, en el universo, todos los medios necesarios para aplastar un día a nuestros enemigos. Aplastados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro con una fuerza mecánica superior. El destino del mundo está ahí”.

 

El libro de Jonathan Fenby (The General De Gaulle and the France he Saved) alude al acontecimiento del 18-J, pero las novedades más interesantes conciernen al retrato humano del presidente y a su vinculo entrañable con Anne. Una foto lo inmortaliza. Fue tomada en Bretaña, en 1933. Están en la playa y Anne descansa en los muslos de su padre, aunque llama la atención la indumentaria solemne del entonces oficial -traje oscuro, corbata- e impresiona la mirada de la niña.

 

«Aunque tuviera fama de solitario, la familia fue para De Gaulle extraordinariamente importante», explica Fenby. «Anne simbolizaba un cariño incondicional. Su padre siempre estuvo cerca, incluso cuando las obligaciones parecían impedírselo».

 

Menciona el historiador británico el preámbulo de la II Guerra Mundial. De Gaulle estaba en Metz como jefe de las maniobras e hizo abrir las puertas del jardín botánico a las siete de la mañana para concederse un paseo con Anne sin testigos ni intermediarios.

La devoción también explica que el futuro presidente de Francia se hiciera acompañar por un chófer para recorrer diariamente y de noche los 130 kilómetros que mediaban entre el campamento y la casa donde se encontraba su tercera hija.

 

«Puede decirse que, en contra de su fama, Charles de Gaulle estaba provisto de una gran humanidad», matiza Fenby. «Él mismo se ocupaba de ocultarla. Quizá porque tenía un agudo sentido del pudor o porque no quería mostrarse débil».

 

Así se explicarían los retratos implacables que le hicieron sus coetáneos. El presidente Roosevelt lo consideraba como una especie de tirano críptico, mientras que Harold Macmillan, primer ministro británico, refirió a John Kennedy que la arrogancia, el egoísmo y el patriotismo de Charles de Gaulle convertían al patriarca francés en «un aliado imposible».

 

Tuvo más acierto en describirlo Churchill. No porque le fueran ajenos su egocentrismo y su franco-centrismo, sino porque advirtió al conocerlo que era «un gran hombre» y que le había impresionado su «capacidad de aguantar el sufrimiento».

 

Anne no formaba parte del dolor. Todo lo contrario. El capellán militar que estaba destinado en la misma unidad acorazada de De Gaulle evocaba una confesión que Jonathan Fenby reconoce elocuente, definitiva:

 

«Para mí, padre, Anne ha sido una gran prueba, pero también una bendición. Es mi alegría y me ha ayudado mucho a superar todos los obstáculos y todos los honores. Gracias a Anne he ido más lejos, he conseguido superarme».

 

Impresiona la confesión del general. Sobre todo porque discrepa con la imagen patriarcal e impenetrable que se había trazado de Gaulle. La prueba está en que muchas veces hablaba en tercera persona y en que otras se decía consciente de una misión hist6rica, extracorpórea.

 

Nada que ver con las lágrimas y los titubeos de aquel hombre grandullón y bigotudo que buscaba comprensión o explicaciones el día en que murió Anne. Asistió de Gaulle al entierro de su hija, tan conmovido como lo cuenta el sacerdote que ofició el ritual:

 

            —Me arrodillé e hice mis plegarias. Cuando me levanté, el general dio dos pasos hacia mí y, literalmente, se desmoronó en mis hombros. Puede que la escena le pareciera ridícula a muchos. Yo me sentía como Sancho Panza asistiendo a Don Quijote.

 

Las contradicciones de coloso explican que el ensayo de Jonathan Fenby contenga una especie de pericia psiquiátrica del paciente. Macmillan había dejado escrito que De Gaulle compaginaba «terriblemente» el complejo de inferioridad con el orgullo espiritual.

 

No es exactamente el diagnóstico del profesor Gerald Woolfson. A su juicio, el jerarca francés no responde al tipo de un maníaco-depresivo, sino al esquema de un narcisista constructivo. Canalizaba de Gaulle su personalidad al logro de los fines que buscaba. Alternando los episodios histriónicos en los momentos de gloria, y la hosquedad y el silencio cuando llegaban los momentos de crisis o los graves contratiempos.

 

Uno de ellos sobrevino con ocasión del atentado fallido de que Charles de Gaulle fue objeto en 1962. Llevaba apenas tres años en el cargo de jefe de Estado cuando la llamada Organización Armada Secreta (OAS), contraria a la independencia de Argelia, disparó al vehículo oficial mientras transitaba por la localidad de Clamart (periferia parisina).

 

Vino a descubrirse que una de las balas se había estrellado con una fotografía de Anne que De Gaulle siempre llevaba consigo. Interpretó el general que la criatura había intercedido a su favor y que, de un modo u otro, contribuyó a salvarle la vida desde los cielos.

 

Puede tratarse de una lectura sugestionada y construida a medida por un hombre profundamente religioso. No son una leyenda ni un mito, en cambio, las palabras que de Gaulle confió a su mujer, Yvonne, el día en que enterraron a Anne en el cementerio de Colombey-les-deux-Eglises. «Ya es como todos los demás», murmuró el general.

 

No figura la sentencia en el epitafio. Lo que sí figuran son los nombres de Charles de Gaulle y de Anne de Gaulle en la misma lápida de la tumba de granito. Una manera de comprender cuanto el presidente francés explicó a su primer biógrafo, Jean Lacouture:

 

            —Sin Anne no hubiera hecho todo cuanto he podido hacer. Me dio el corazón y el espíritu.